El contraste de ideas no es un debate civilizado con té y galletas. Es un gimnasio. Y como todo gimnasio, duele. Lo primero que se resiente no es el cuerpo, es el ego.
Cuando alguien te avienta un punto de vista distinto, tienes dos salidas:
- Aferrarte como niño con juguete y gritar “¡así pienso yo y punto!”.
- Escuchar, procesar y aceptar que quizá estabas equivocado.
Lo segundo es incómodo. Sentir que una idea que llevabas tatuada se te empieza a borrar es como tirar a la basura una versión vieja de ti mismo. Pero justo ahí está el valor: en incomodarte, en dejar que la mente se estire, en ser menos fósil que ayer.
En los últimos meses me he clavado en esto. Hasta me propuse elevar el nivel de conversación con mis amigos. Y claro, no somos monjes tibetanos: a veces se calienta el ambiente porque todos tenemos nuestro gen aferrado. Pero si aguantas la terquedad inicial y dejas de escuchar con prejuicios, pasa algo chido: se abre un canal real de contraste. Ahí ya no estás peleando para ganar, sino poniéndote frente a un espejo que te muestra ángulos que no habías visto.
Ese momento cuando cambias de opinión o al menos entiendes la ajena, no es derrota. Es evolución. Es aceptar que crecer duele, pero vale más que quedarte en la comodidad de repetir lo mismo de siempre.
El contraste de ideas es eso: un proceso incómodo, ruidoso, que a veces saca chispas… pero que te da el único premio que importa: ser un poco menos pendejo que ayer.
Y cuando te atreves a ese contraste real, no solo cambias de opinión: rompes paradigmas. De eso hablaré después, porque merece su propio round.






Deja un comentario