¿Cuántos recuerdan los iPods? Recuerdo haber tenido uno de primera generación de 1GB y haberlo dejado en un morral de los Thundercats, debajo del asiento del Ford Fiesta de una novia que tuve allá por el lejano 2006 y que me robaron en un autolavado. Es un recuerdo doloroso porque todavía no lo terminaba de pagar a Liverpool. Algunos años después tuve un iPod Touch que se convirtió en compañero de viajes cuando de 2010 a 2012 hacía recorridos de Querétaro a Gómez Palacio, Dgo y viceversa.
Aún no recuerdo cómo es que di con el disco «Friendly Fire» de Sean Lennon, quizá fue por alguna lectura de alguna reseña en Rolling Stone o algún blog de música, pero ese disco se convirtió en mi somnífero sonoro cuando iba en el Omnibus de México que me transportaba en alguno de esos trayectos. No lo digo porque sea un disco de hueva, sino por lo relajante que me resultaba la voz de Sean y la música que creó para ese material. Para una persona que sufre de insomnio como yo, encontré un gran remedio para relajarme en medio de la incomodidad de los asientos y poder dormir algunas horas, mientras dejaba el disco sonando en loop en mis auriculares. El disco solo tiene 10 canciones, de las cuales escuchaba 4 o 5 de corrido y después, entre dormitando o cuando despertaba, alcanzaba a escuchar las últimas.
No pretendo hacer una crítica musical del álbum o su carrera, solamente he tenido la idea en mi cabeza de lo duro que debe ser para él vivir bajo el yugo de la comparación y la sombra de su padre. Quizá si hubiera escogido ser dentista, veterinario o jugar al fútbol, no estaría con esta idea rondando, pero al tener un timbre de voz con cierta similitud, es inevitable que se me venga a la mente John Lennon. Ojo, que para mí ese tema pasa a segundo plano, porque Sean se ve que hace un esfuerzo por encontrar un estilo propio y vaya que en ese disco lo logra de forma notable. Reconozco que no sigo su carrera musical ni puedo hablar de otros álbumes que haya hecho, simplemente volví a dar con el disco 10 años después de la última vez que lo escuché y la avalancha de recuerdos vino a mi mente.
Un caso similar es el de José Ramón Fernández Gutiérrez de Quevedo, hijo del gran periodista deportivo de México, José Ramón Fernández. La pluma de José Ramón Jr es formidable, virtuosa y escurre cultura en esa tinta maravillosa. Lo he seguido en su columna de Milenio -«Cartas Oceánicas» – por varios años y no he leído algo que se le acerque en calidad en el medio deportivo mexicano. Seguramente sufre de las mismas comparaciones odiosas de ser hijo de una leyenda (y peor por llevar el mismo nombre) y así como encuentra puertas abiertas, también tiene que patear otras tantas. Por cierto, me sorprende que no tenga X (yo aún le digo Twitter), porque estoy plenamente seguro de que sería algo chingón de leer.
Estas solo son puñetas mentales, nadie está obligado a superar nada de sus padres. De hecho, mi conclusión de esto es que los admiro más porque tuvieron un nivel más alto de handicap en la vida.







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